Zona Cero

Roberto Santos

Mientras los grupos armados disputan territorios, rutas y dominios de poder en el corredor indígena de Chilapa, hay comunidades enteras atrapadas entre el fuego cruzado de una guerra que no les pertenece.

Fue ahí donde el obispo de la diócesis de Diócesis Chilpancingo-Chilapa, José de Jesús González Hernández, lanzó un llamado que puede leerse desde el drama humano que atraviesa la región.

Su petición a los grupos para “respetar el bienestar y la vida misma” de las familias desplazadas y atacadas en las últimas semanas, tiene el peso de quien conoce de cerca el dolor de las comunidades.

Porque bien sabemos que cuando la violencia se instala como método de control, quienes terminan pagando el precio no son los hombres armados, sino los pueblos.

Los campesinos. Las mujeres que abandonan sus casas en la madrugada. Los niños que aprenden primero el sonido de un fusil antes que el de una campana escolar.

En Guerrero, las disputas criminales por territorios y control han terminado por convertir a comunidades enteras en rehenes silenciosos.

En medio de esa fractura, la Iglesia ha intentado asumir un papel incómodo pero necesario: el de mediadora moral en territorios donde muchas veces el Estado llega tarde o simplemente no llega.

La labor del obispado de Chilpancingo-Chilapa no ha sido la de un espectador, sino que ha buscado abrir canales de diálogo, tender puentes y convocar a un alto a la violencia bajo una lógica de que ninguna disputa criminal puede justificar el sufrimiento colectivo de pueblos enteros.

Durante la misa por la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones, celebrada en la catedral de La Asunción de María, el obispo también dedicó palabras a los periodistas y comunicadores, reconociendo que informar en regiones marcadas por la violencia implica resistir.

Un gesto importante en un país donde decir la verdad suele convertirse en sentencia.

La Iglesia, además, pidió construir una “alianza por la paz”, convocando a medios y autoridades a actuar con prudencia y objetividad.

El mensaje que reconoce que la desinformación también se vuelve arma, y, por lo tanto, la objetividad resulta crucial.

El sacerdote Jorge Amando Vázquez lo resumió con claridad: “lo que está de por medio es nuestro propio pueblo”.

Y acaso ahí está el centro de todo. Porque mientras unos pelean por poder, rutas o hegemonías criminales, son los pueblos indígenas de la montaña quienes cargan el peso de los desplazamientos, las amenazas y la incertidumbre.

Por eso la intervención de la Iglesia no debe verse únicamente como un acto religioso, sino como una acción social y humanitaria que intenta colocar en el centro a quienes normalmente quedan olvidados entre estadísticas y comunicados oficiales.

En regiones donde la violencia amenaza con normalizarse, cualquier voz que convoque a detener la barbarie merece ser escuchada.

Sobre todo cuando esa voz recuerda algo elemental, que ninguna causa puede estar por encima de la vida de un pueblo.

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