Roberto Santos
La política mexicana tiene una curiosa afición por cambiarle el nombre a las cosas para evitar cambiar las cosas mismas.
Hoy ya no hay operadores; ahora son “Defensores de México en Guerrero”. El título suena heroico, casi épico.
En la realidad, vemos el mismo elenco de siempre.
El PRI en Guerrero celebró su ceremonia de investidura con la solemnidad de quien anuncia un renacimiento.
Manuel Añorve rindió protesta como “Defensor de México” y, junto a él, desfilaron personajes que llevan décadas ocupando cargos, construyendo estructuras y protagonizando la vida interna del partido tricolor.
La fotografía dice más que cualquier discurso. Es una reunión de sobrevivientes políticos. El álbum familiar del priismo en Guerrero.
Y, sin embargo, Manuel Añorve tiene razón en un punto que resulta imposible ignorar: Morena ya no disfruta del mismo entusiasmo que lo llevó al poder.
La promesa de erradicar la corrupción terminó chocando con la realidad de los escándalos.
El “no mentir, no robar y no traicionar” dejó de ser una consigna para convertirse en un estándar que el propio movimiento incumple con frecuencia.
La inseguridad persiste, los servicios públicos siguen siendo deficientes y la decepción empieza a ocupar el lugar donde antes habitaba la esperanza.
Es un desgaste natural para quien gobierna.
Pero una cosa es que Morena pierda simpatías y otra muy distinta que esas simpatías regresen automáticamente al PRI.
Ahí está el error de cálculo de los priistas. No basta con esperar que el adversario se desgaste. También hace falta ofrecer una alternativa creíble. Y eso es justamente lo que el PRI todavía no consigue construir.
Es cierto, Morena decepciona por incumplir lo que prometió, pero el PRI parece convencido de que la memoria colectiva ya prescribió.
No hay renovación generacional. No aparecen nuevos liderazgos capaces de dialogar con un electorado distinto. No existe una narrativa que explique por qué ahora sería diferente. Mucho menos una autocrítica sobre las razones que llevaron al partido a sufrir la peor derrota de su historia.
Lo que sí hay son los mismos nombres, las mismas prácticas y la misma ceremonia de siempre.
En el tricolor cambian los cargos, pero permanecen los mismos protagonistas.
Lo que el priismo proyectó este lunes no fue el de un partido renovado, sino el de una organización que sigue creyendo que reorganizar el pasado o inventar títulos, equivale a construir el futuro.
Mientras tanto, Morena enfrenta su propio desgaste. La popularidad disminuye, las fracturas internas crecen y muchas promesas siguen esperando cumplimiento. Ese escenario abre una oportunidad para la oposición.
Pero las oportunidades no se heredan. Se conquistan.
Y hasta ahora el PRI parece apostar a una estrategia tan cómoda como insuficiente: esperar que Morena siga perdiendo votos para recoger los que caigan del árbol.
La historia demuestra que los ciudadanos ya no votan solo por castigar; también exigen motivos para confiar.
El problema para el PRI es que todavía no explica por qué merece una segunda oportunidad.
Porque el desgaste de Morena no significa, por sí solo, el regreso del priismo.
Ya sabemos que en política, el vacío rara vez lo ocupa quien ya fue rechazado sin antes demostrar que aprendió la lección.
Y esa lección, por ahora, sigue pendiente.
